LOCALES

El duro, pero apasionado trabajo de Jorge Gesell en la aurifería artesanal en Tierra del Fuego

Cuarenta años trabajando en la minería artesanal del oro en el cordón Baquedano cumplió este año Jorge Gesell Díaz, duro oficio en el que se inició en 1980, cuando tenía sólo 20 años de edad.

Con estas labores, sacó adelante su familia, educó a dos hijos y una hijastra y hoy, a sus 60 años, sigue llevando el pan a su modesto hogar.

“Esta actividad es como cualquier trabajo mal remunerado, lo único que no tienes es quien te esté mandando a cada rato ni diciéndote cómo hacer las cosas”.

No sabe qué cantidad de oro “del bueno”, porque el de Tierra del Fuego es uno de los de mayor pureza del planeta (24 kilates), ha extraído en sus 4 décadas de laboreo, porque hay meses fructíferos, otros regulares y algunos malos. Las cuotas de cada “cosecha” (al lavar el material acumulado) en cada temporada de octubre a abril tampoco son iguales por tantos factores: volumen de agua, clima, trámites en el pueblo, atención a visitantes y otras variables e imponderables.

“El problema principal es la escasez de agua. Puedo cosechar 80 a 100 gramos en 2 meses, pero si tuviera agua continua podría sacar entre 200 y 300 gramos. El problema es que uno larga el agua de la represa en la mañana y tiene agua de nuevo hasta la tarde”, explica. Asegura que su trabajo no es para ganar plata y que si tuviera un trabajo en el pueblo en que le digan que le pagan un millón mensual, dejaría la mina.

Mucha “pega”, poco oro

En la actualidad dice que en Porvenir pagan 27 mil pesos por gramo, pero, como todas las cosas han subido, cada vez resulta más difícil sustentarse con su salario del oro.

Detalla que una lata de café sale 5 mil pesos y que consume un kilo de azúcar por día, porque le pone 8 cucharaditas a cada taza y bebe hasta ocho cafés diarios, debido al frío de la sierra montañosa. “Esta es una pega sacrificada, porque igual que antiguamente se hace a pala y picota, ya que más liviano no se puede porque hay que romper el cerro”.

“Y estoy obligado a hacerlo, porque si saco 200 gramos de oro serían dos millones 700, pero si no tengo agua, puedo llegar a 50 gramos no más. Esta última temporada, así como hace 3 años, tengo buena agua hasta diciembre, ya de enero en adelante está muy seco porque no es lluvioso como antes y hay mucha sequía en la montaña. Corre apenas un hilito de agua y demora todo un día y toda la noche para llenar la represa y con esa agua acumulada se puede trabajar una hora, nada más”.

Poca ayuda del Estado

Hace unos años, Jorge le compró a un anciano minero con el que trabajó un tiempo una máquina retroexcavadora, para ayudarle en la tarea de remover el duro suelo del cordón, pero nunca la ha podido usar porque ha pasado de una pana a otra, y a 25 kilómetros de Porvenir y más de 400 metros de altura con frío intenso, cuesta mucho que llegue un mecánico.

Cuando comenzó a usarla, se le rompió un pistón, logró repararlo con un costo de $1 millón 700 mil, igual que luego reemplazar su batería, pero después se sumaron nuevas fallas: un buje de la pala mecánica, el motor hidráulico. Fue un gasto inútil que le acarreó sólo desembolsos en los 4 años que la tiene.

¿Y el Estado se pone?, le preguntamos, responde que no tuvo ninguna ayuda por mucho tiempo, pero este año lo favorecieron con un proyecto Fosis para construirse una cabaña para atender turistas junto a su “rancho minero”, de la que ya tiene armado su “esqueleto”. Pero aparte que demoraron más de 5 meses en llegar los materiales, le faltó más madera y tuvo que poner de su bolsillo lo faltante.

“Pero no dejo mi ‘rancho’ para vivir, es más abrigado porque está bajo tierra y eso es lo que atrae al turista, la forma prehistórica del minero. Pero la casa me sirve para vender alguna cosita y si alguien que viene ‘de paso’ la necesita para alojar, ahí va a estar con estufa y todo lo necesario. Y puede me dejen alguna propina, mejor, sino no atiendo a nadie, ya me tiene aburrido el turismo”, confiesa. Se queja que otro minero artesanal recibió del mismo fondo el doble de la suma que a él le tocó y no lo cree justo.

“El Verde” es el sector elegido por Gesell para su eterna tarea de mover tierra, piedras y agua para “rasguñar” apenas unos gramos del preciado oro fueguino. Se llama así porque lo atraviesa el río del mismo nombre y no hay en muchos kilómetros otros mineros artesanales, ya que don Osvaldo Curguán, de unos 70 años, está “muy a trasmano” en un lejano cañadón y Miguel Raipane queda en el camino de Mina Nueva, también lejos de su ubicación.

A pesar que está al lado del camino público, ha tenido la suerte que nunca ha sufrido un robo en su “rancho” o en sus instalaciones de laboreo. Claro que esa cercanía a la huella le significa la visita de muchos turistas, que durante un tiempo le dejaban buena cuota de divisas comprándole algún recuerdo (fierrillo, artesanía en madera de máquinas artesanales en miniatura que Gesell mismo elabora), pero después los cientos que han pasado a ver su actividad y su vivienda, casi no le dejan nada, se queja.

“Antes de la pandemia era visita constante de turistas, pero con ellos no ganaba nada, era más pérdida de tiempo porque quizás uno compraba un cajoncito que hago y eso me sirve para comprar una mantequilla. Pero todos miran, aplauden la novedad y ¡chao!. Más lo que interrumpen mi trabajo, así que preferiría no atender a nadie”, se lamenta.

Y en invierno cuando “baja” de la mina, si le sale un trabajito en la ciudad tiene suerte, que ve difícil ahora con el Covid-19, sino a esperar la nueva temporada. Este año por suerte lo llamó el ganadero Brstilo a hacer una “peguita” en su campo. Jorge Gesell tiene claro que no va a poder jubilar, porque las pocas imposiciones que tiene producto de trabajos regulares de invierno, no se lo permitirá, por eso cree que va seguir laborando en el oro “hasta que ya no pueda los brazos, o estén jodidos mis pies, o cuando me digan: ‘ya, ándate al asilo’, ¡pero la mina no la voy a dejar!”, sentencia.

Fuente: La Prensa Austral

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